CHUBUT — A primera vista, la lluvia abundante y la nieve parecen los mejores aliados de la naturaleza patagónica. Traen verdor, calman la sequía y postergan el fantasma del fuego. Sin embargo, en la ecología del fuego existe una paradoja silenciosa: el exceso de agua es, en realidad, el prólogo de los grandes incendios. Un análisis del especialista en Gestión del Riesgo, José Luis Mazzei, pone la lupa sobre cómo un «Súper Niño» podría condicionar el mapa de vulnerabilidad de Chubut durante el próximo verano.
El mecanismo es tan simple como implacable. Las precipitaciones primaverales alimentan la tierra y generan un boom de crecimiento en pastos y arbustos. Pero cuando el sol aprieta y las lluvias cesan, ese manto verde se seca y se convierte en lo que los técnicos denominan «combustible fino». Basta una ráfaga de viento patagónico o un descuido humano para que la vegetación acumulada transforme una chispa en un frente incontrolable.
De la Cordillera al Atlántico, la provincia enfrenta desafíos disímiles ante este fenómeno:
-
En los bosques cordilleranos, la vegetación seca en los cañadones actúa como una mecha hacia las zonas habitadas, poniendo en jaque a comunidades enteras.
-
En la inmensidad de la meseta, los pastizales continuos convierten el viento en un motor que expande el fuego a velocidades vertiginosas sobre vastas extensiones.
-
En la costa atlántica, el peligro adopta la forma de tormentas eléctricas sin lluvia y una masiva presencia de visitantes en áreas de vegetación frágil.
Entender la dinámica del clima no busca generar alarma, sino ganar tiempo. La anticipación y la preparación de las comunidades son, en última instancia, la única barrera efectiva entre una temporada próspera y un desastre anunciado.

