Hay personas que, sin buscar el protagonismo, se transforman en parte de la identidad de una ciudad. Marcelo Ríos es, sin dudas, una de ellas. Tras dedicar exactamente treinta años de su vida a recorrer Esquel de punta a punta, el histórico trabajador de la cooperativa eléctrica se encuentra a tan solo cuatro días de alcanzar la jubilación. Tres décadas enteras en las que ni la nieve, la lluvia, la ceniza volcánica o la reciente pandemia lograron alterar un rumbo cotidiano basado en el esfuerzo y la cercanía con el vecino.
El oficio de Marcelo consistió en tomar la lectura de los medidores de luz y entregar las boletas, una tarea que en sus inicios era puramente artesanal. «El 90% lo hice a pata», rememora con orgullo. Esas caminatas le permitieron ver crecer la ciudad: conoció calles antes del asfalto, terrenos antes de los cercos y familias enteras que vio multiplicarse con los años. En su memoria guarda desde los nombres de los residentes hasta las mascotas de cada hogar, incluyendo un simpático gallito pigmeo en Trevelin que lo esperaba cada mes como un guardián personal.
El trabajo callejero también le exigió templanza en momentos críticos de la historia regional. Ríos recuerda con nitidez los días en que la erupción del volcán cubrió el cielo de gris, obligándolos a salir a trabajar protegidos en medio de una tarde que parecía noche, o las jornadas de la pandemia, donde el temor generalizado no fue un obstáculo para garantizar la continuidad de un servicio esencial.
Con los años, la tecnología transformó el panorama. La digitalización y el envío de facturas por correo electrónico marcaron el fin del reparto tradicional, aunque Marcelo continuó firme en la lectura de medidores hasta el último de sus días laborables.
Hoy, ante el inminente cierre de esta etapa, los sentimientos se encuentran a flor de piel. Entre sus planes de retiro aparecen los viajes en moto con su hijo, las caminatas por la montaña y el ansiado descanso familiar. Sin embargo, su mayor anhelo de cara al futuro no es personal: sueña con que su hijo pueda ingresar a la cooperativa y desarrollar una carrera honesta como la que él construyó. «He sido un buen empleado, creo que lo pueden tener en cuenta», expresa con la humildad que lo caracteriza, viendo en esa posibilidad un acto de estabilidad y arraigo familiar para las nuevas generaciones.
Un ciclo se cierra en las veredas de Esquel. Marcelo Ríos cuelga los botines del reparto, pero deja una huella imborrable en el tejido social de una comunidad que, durante treinta años, lo vio pasar día tras día por la puerta de sus casas.
Fuente: Info Cordillera

